
Podemos cambiarle el nombre a un camino. Podemos recuperar una palabra de nuestros pueblos originarios, colocar una nueva placa y celebrar que la historia vuelve a ocupar el lugar que le corresponde. Y está bien.
Pero me pregunto si la justicia hacia nuestros pueblos originarios puede resolverse solamente cambiando nombres. Porque podemos llamarle Mexicotle al antiguo Paso de Cortés, pero ¿qué hacemos con el mexicano que todavía es discriminado por el color de su piel, por su manera de hablar o porque no domina el español? Ahí comienza nuestra verdadera deuda.
Nos encanta hablar de nuestras raíces. Nos sentimos orgullosos de los textiles, los bordados, la alfarería, la gastronomía y las tradiciones indígenas. Incluso presumimos su belleza ante los turistas. Pero basta entrar a un mercado para escuchar:—¿Y cuánto me la deja?
Una prenda bordada a mano, elaborada durante semanas, con técnicas transmitidas de generación en generación y, en algunos casos, con tintes naturales y conocimientos históricos, puede ser regateada hasta el cansancio porque quien la elaboró es “gente sencilla”. Pero qué curioso. Tuvo que llegar una gran marca internacional a incorporar diseños inspirados en nuestra identidad textil para que muchos descubriéramos, con orgullo, el valor de aquello que ya estaba aquí. No hay nada malo en comprar una prenda extranjera. Lo verdaderamente preocupante es necesitar una etiqueta extranjera para reconocer el valor de lo propio.
Samuel Ramos escribió sobre ese complejo que nos hace mirar hacia afuera buscando aquello que creemos que nos falta. Y quizá todavía tengamos algo de eso. Nos gusta la artesanía, pero no siempre al artesano. Nos encanta el bordado, pero no siempre respetamos a quien lo borda. Nos enorgullece una lengua originaria, pero podemos mirar con desprecio a quien la habla y tiene dificultades con el español. Presumimos nuestras raíces, pero a veces discriminamos a quienes todavía las conservan en la piel, en la voz, en la ropa y en sus costumbres. Entonces aparece una contradicción enorme: Queremos conservar las tradiciones, pero no siempre queremos pagar por quienes las conservan. Por eso creo que la verdadera justicia hacia nuestros pueblos originarios no está solamente en recuperar nombres.
Podemos cambiar el nombre de un camino. Podemos cambiar el nombre de una plaza. Podemos cambiar, si queremos, el nombre del país entero. Pero la verdadera transformación ocurrirá cuando una persona perteneciente a un pueblo originario pueda formar parte plenamente de nuestra comunidad nacional sin tener que renunciar a su lengua, a su cultura, a su historia o a su identidad. Integrar no significa asimilar.
No se trata de decirles: “Sean como nosotros”. Se trata de entender que ellos también son nosotros. La justicia se demuestra cuando sus derechos son reconocidos todos los días; cuando pueden acceder a educación, salud, justicia y oportunidades sin que su origen sea una desventaja; cuando su trabajo recibe un precio digno; cuando hablar una lengua indígena no provoca burlas; cuando el color de la piel no determina el trato que recibimos. Porque hay una diferencia enorme entre llevar nuestras raíces en una fotografía y llevarlas en la conciencia. Podemos recuperar el nombre Mexicotle. Pero si queremos recuperar verdaderamente nuestra memoria, quizá tengamos que empezar por algo mucho más difícil: aprender a valorar a las personas que todavía mantienen vivas esas raíces.
Porque un país no hace justicia a sus pueblos originarios cuando solamente cambia sus nombres. Hace justicia cuando deja de hacerlos sentir extranjeros en su propia tierra. Y esa, querido lector, quizá sea la verdadera Columna.