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Hay días en los que México se acuerda de sus adultos mayores.
El 28 de agosto es uno de ellos.Ese día habrá abrazos, fotografías, festivales, flores y mensajes en redes sociales. Diremos que nuestros abuelos son sabios, que representan nuestras raíces, que merecen todo nuestro cariño.
Y está bien.Pero quizá deberíamos preguntarnos qué sucede el 29 de agosto.
Porque querer a nuestros adultos mayores durante un día es sencillo. Lo verdaderamente difícil es construir un país donde puedan vivir dignamente los otros 364 días del año.
Las desafortunadas declaraciones de algunas diputadas poblanas al referirse a las personas adultas mayores han provocado, con justa razón, indignación y condena. No podemos normalizar el desprecio hacia quienes han recorrido buena parte del camino antes que nosotros. Pero sería demasiado fácil quedarnos solamente ahí. Porque mientras discutimos las palabras de dos legisladoras, hay una pregunta mucho más incómoda que deberíamos hacernos todos: ¿Qué estamos haciendo realmente por nuestros adultos mayores?
México ya tiene más de 17 millones de personas de 60 años y más. Y la cifra seguirá creciendo. En 2030, prácticamente 15 de cada 100 mexicanos estarán en ese rango de edad. Es decir: el envejecimiento de México no es una posibilidad futura. Ya comenzó. Y entonces aparecen las preguntas que quizá no nos gusta hacernos. ¿Tenemos suficientes casas de asistencia? ¿Son dignas, accesibles y humanas? ¿Tenemos suficientes médicos geriatras? ¿Hay servicios de rehabilitación para quienes pierden movilidad? ¿Existen suficientes centros de día para quienes viven solos? ¿Qué hacemos con quienes padecen enfermedades crónicas o algún grado de dependencia? ¿Quién cuida al adulto mayor cuando sus hijos tienen que trabajar? ¿Quién cuida al cuidador? ¿Nuestras ciudades están preparadas para una población que caminará más despacio, que necesitará rampas, transporte accesible, banquetas transitables y servicios cercanos? ¿Y qué hacemos contra una de las enfermedades más silenciosas de la vejez: la soledad?
Tenemos pensiones. Y qué bueno. Una pensión puede significar tranquilidad, autonomía y dignidad. Pero una pensión no sustituye un sistema de cuidados. No sustituye un médico. No sustituye una casa adecuada. No sustituye una mano que ayude a levantarse. No sustituye compañía. No sustituye dignidad. Por eso, quizá la discusión debería ser mucho más grande que una polémica legislativa. Deberíamos estar hablando del México de 2035. Porque quienes hoy tienen 50 años están mirando hacia esa década. Y quienes hoy tienen 40 también.
El adulto mayor del futuro no es un personaje lejano. Podemos ser nosotros.
Simone de Beauvoir escribió una frase que debería incomodar: “La vejez denuncia el fracaso de nuestra civilización.” No porque envejecer sea un fracaso. Sino porque una sociedad demuestra quién es realmente cuando decide qué lugar ocupan aquellos que ya no producen al mismo ritmo, que necesitan cuidados, que caminan más despacio o que dependen de otros. Podemos condenar las palabras desafortunadas de nuestras diputadas. Debemos hacerlo cuando corresponda. Pero sería una contradicción indignarnos por el desprecio verbal hacia nuestros adultos mayores y, al mismo tiempo, no exigir políticas públicas capaces de garantizarles una vida digna.
El 28 de agosto llenaremos las redes de felicitaciones. Ojalá. Pero hagamos algo más. Preguntemos a nuestros gobiernos: ¿Cuál es el plan para nuestros adultos mayores en 2030? Y después preguntémonos nosotros mismos: ¿Qué estamos haciendo para que nuestros padres, nuestros abuelos y nosotros mismos podamos envejecer con dignidad? Porque quizá la verdadera prueba de una sociedad no está en cómo trata a sus jóvenes cuando tienen toda la vida por delante. Está en cómo trata a quienes ya han entregado buena parte de la suya.
El 28 de agosto celebraremos al abuelo. El 29 deberíamos empezar a construir el país que ese abuelo necesita. Y hay algo todavía más incómodo: si tenemos suerte, algún día ese abuelo seremos nosotros.