
Los amorosos callan, escribió Jaime Sabines; y México también.
Calla cuando mira a sus adultos mayores y los confunde con el pasado. Calla cuando los guarda en el baúl de las cosas terminadas. Calla cuando supone que, después de cierta edad, la vida se convierte en una sala de espera.
Pero la senectud también se enamora. Se enamora con las mismas incertidumbres de siempre, aunque las manos tiemblen un poco más. Se enamora aunque las venas le crezcan por el cuello como serpientes azules que anuncian el paso de los años. Se enamora aunque el cabello se vuelva ceniza y los pasos pierdan velocidad.
Los amorosos también envejecen, pero son esa lámpara de inagotable aceite. Y siguen esperando una llamada. Siguen sonriendo ante un nombre. Siguen sintiendo cómo el corazón se acelera cuando alguien especial aparece al otro lado de la puerta. Porque el tiempo desgasta muchas cosas, pero rara vez logra domesticar por completo la esperanza.
Quizá por eso Sabines se reía de tan vanas recetas y tan escaso afán. Sabía que la juventud no vive en la piel sino en la voluntad de seguir buscando algo. Un amor, una amistad, un proyecto, un motivo para levantarse cada mañana.
Los países se parecen mucho a las personas. México no envejece porque aumente el número de canas en sus calles. Envejece cuando deja de imaginar futuros para quienes acumulan experiencia. Cuando ofrece asistencia, pero no propósito. Cuando brinda reconocimiento, pero no participación. Cuando olvida que detrás de cada rostro arrugado existe una historia que todavía no termina de escribirse. Hay hombres y mujeres que han sobrevivido a pérdidas, enfermedades, despedidas y derrotas. Han enterrado amigos, padres, hermanos y amores. Y aun así conservan la extraordinaria osadía de seguir creyendo en el mañana.
Tal vez la verdadera juventud sea eso. No la ausencia de años, sino la presencia de sueños. Y mientras exista un hombre de setenta años capaz de enamorarse, una mujer de ochenta capaz de comenzar de nuevo, o un abuelo dispuesto a plantar un árbol cuya sombra quizá nunca alcance a disfrutar, habrá razones para pensar que el tiempo no siempre vence. Porque los amorosos envejecen. Pero nunca aprenden a rendirse.