
Un pueblo se empobrece dos veces: cuando desperdicia sus alimentos y cuando se acostumbra a ver el desperdicio como algo normal
Hay escenas que se repiten todos los días sin que les prestemos atención. Un restaurante desecha la comida que no vendió. En una casa se tira el pan porque «ya se puso duro». En el supermercado se descartan frutas y verduras porque ya no lucen perfectas. Son actos cotidianos, casi automáticos.Mientras tanto, en alguna colonia de nuestra misma ciudad, un niño llega a la escuela sin haber desayunado.No hace falta viajar a la sierra para encontrar el hambre. También vive entre nosotros. Camina por las calles de nuestras ciudades, se esconde detrás de puertas que nunca imaginamos y, muchas veces, pasa inadvertida porque aprendimos a normalizarla.Las cifras son tan contundentes como incómodas. En México se desperdician cerca de 38 toneladas de alimentos por minuto. Se estima, además, que alrededor del 30% de los alimentos producidos termina en la basura, aun cuando una parte importante todavía podría aprovecharse.La paradoja es dolorosa. Mientras discutimos cómo mejorar la educación, cómo alejar a nuestros jóvenes de las adicciones o cómo impulsar el deporte, olvidamos una condición elemental: nadie puede desarrollar plenamente su talento con el estómago vacío.Es difícil pedir excelencia académica cuando falta un desayuno. Es complicado exigir disciplina deportiva cuando la alimentación no alcanza. Resulta contradictorio hablar de igualdad de oportunidades si ni siquiera todos tienen acceso a lo más básico.Aquí conviene recordar una reflexión de Mahatma Gandhi: «La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de todos.» Más de un siglo después, sus palabras siguen vigentes. El problema no siempre es la escasez; muchas veces es la forma en que administramos y compartimos lo que ya tenemos.La riqueza de una nación no se mide únicamente por lo que produce, sino por su capacidad para evitar que sus recursos se desperdicien mientras otros los necesitan. Cada alimento que termina en la basura representa el trabajo del campesino, el agua que lo hizo crecer, la tierra que lo sostuvo, el esfuerzo de quienes lo transportaron y la oportunidad perdida de alimentar a alguien.Quizá ha llegado el momento de dejar de pensar que compartir es un acto de caridad. Compartir es un acto de inteligencia social. Es comprender que el bienestar colectivo comienza con decisiones tan sencillas como aprovechar un alimento o ponerlo en manos de quien sí lo necesita.Porque las grandes sociedades no se distinguen por la abundancia de sus cosechas, sino por la forma en que deciden repartir el pan.Y quizá la pregunta más incómoda no sea cuánta comida desperdiciamos cada día.La verdadera pregunta es otra:¿si somos capaces de tirar el pan mientras todavía hay quien sigue esperando un lugar en la mesa?