
Angélica tiene 55 años. Durante más de dos décadas se dedicó a su hogar. Administró gastos, cuidó hijos, atendió enfermedades, resolvió conflictos, organizó horarios, realizó compras y consiguió que la familia siguiera funcionando aun en los momentos difíciles.
Nunca tuvo una oficina. Tampoco una tarjeta de presentación.Hoy su realidad cambió. Su marido perdió el empleo y los ingresos familiares ya no alcanzan. Angélica necesita trabajar.Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué puede escribir en su currículum?¿Ama de casa durante veinte años?
La respuesta parece sencilla, pero los datos cuentan otra historia.De acuerdo con el INEGI, el valor económico del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado alcanzó en 2024 los 8 billones de pesos, equivalentes al 23.9% del Producto Interno Bruto nacional. Las mujeres aportaron el 72.6% de ese valor económico. En promedio, cada una contribuyó al bienestar de su hogar con un equivalente anual de más de 82 mil pesos.Dicho de otra manera: el trabajo de Angélica sí cuenta para la economía mexicana.
Lo curioso es que muchas veces deja de contar cuando una empresa revisa un currículum. No pretendo afirmar que ella está lista para dirigir una compañía. Tampoco que cualquier persona que haya administrado un hogar deba ocupar un puesto directivo. Lo que sostengo es algo más sencillo: nunca nos tomamos la molestia de evaluar sus capacidades y talentos. Las empresas dicen buscar liderazgo, organización, inteligencia emocional, capacidad para resolver problemas y adaptación al cambio. Son cualidades valiosas en un México que cambia con rapidez. Sin embargo, cuando esas competencias se desarrollan fuera de una oficina, solemos ignorarlas. Y hay algo más profundo, a cuánto equivale compartir valores y principios durante dos décadas a un núcleo tan reducido como una familia.
Quizá Angélica necesite capacitación, herramientas digitales o experiencia en determinados procesos. Eso es razonable. Lo que resulta extraño es asumir que carece de talento sin siquiera medirlo. Por eso recuerdo una imagen de Ignacio Zaragoza que me parece más poderosa que cualquier retrato militar: la del jefe que se acerca a sus soldados enfermos y heridos. El liderazgo no siempre se anuncia; muchas veces se revela en la conducta.
Tal vez la historia de Angélica nos obliga a formular una pregunta distinta. Antes de preguntar dónde trabajó una persona, ¿no deberíamos preguntarnos qué sabe hacer? Porque el trabajo de Angélica sí aparece en el PIB. Quizá lo que todavía no hemos aprendido es a reconocerlo en su currículum.