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Hay polémicas que parecen pequeñas hasta que uno se detiene a mirarlas con un poco más de cuidado.
Hace unos días, el presidente municipal de Apizaco, Tlaxcala, Javier Rivera Bonilla, habló de la posibilidad de techar la plaza de toros. La discusión no tardó en aparecer: unos celebraron la idea; otros cuestionaron que se destinen recursos públicos a una obra relacionada con la tauromaquia.
Pero quizá estamos mirando el asunto desde el lugar equivocado.Porque el verdadero debate no es si una plaza de toros debe tener techo. La pregunta es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más de fondo: ¿Cómo decidimos qué debe hacerse primero?
Una promesa de campaña puede ser legítima. Un compromiso con los ciudadanos también. Pero cuando quien prometió por fin llega al gobierno, la promesa deja de ser solamente una palabra pronunciada en un mitin: se convierte en una decisión que deberá pasar por la ley, el presupuesto, los estudios técnicos, la viabilidad financiera y, sobre todo, por la evaluación del interés público.
Porque gobernar no es cumplir deseos con dinero ajeno. Gobernar es jerarquizar prioridades. Y aquí recordamos a Marco Aurelio, aquel emperador romano que, además de gobernar un vasto imperio, dedicó buena parte de sus reflexiones a una batalla mucho más cercana: la que cada ser humano libra consigo mismo para distinguir lo que depende de él, ordenar sus pensamientos y actuar correctamente.
Tal vez eso sea justamente lo que nos hace falta. No solamente funcionarios capacitados para conocer sus atribuciones, sino servidores públicos capaces de preguntarse, antes de decidir: ¿Esto es lo que podemos hacer o es realmente lo que debemos hacer? La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Una obra puede ser legal y no ser prioritaria. Puede ser popular y no ser indispensable. Puede haber sido prometida y, aun así, después de analizar las circunstancias, resultar menos urgente que otras necesidades. Eso no significa que deba cancelarse. Significa que debe justificarse.Y aquí aparece nuestra responsabilidad como ciudadanos.
Porque sería muy cómodo exigirle prudencia al gobernante mientras nosotros mismos vivimos haciendo exactamente lo contrario.
¿Quién no ha comprado alguna vez algo que deseaba mientras posponía algo que necesitaba? ¿Quién no ha preferido una satisfacción inmediata antes que resolver un pendiente importante? ¿Quién no ha destinado tiempo, dinero o atención a lo agradable mientras lo verdaderamente necesario esperaba? La conducta humana no cambia de naturaleza porque aumente el presupuesto. En una familia, la mala jerarquización puede significar entretenimiento antes que mantenimiento, capricho antes que ahorro, apariencia antes que necesidad. En una escuela puede ser una ceremonia antes que reparar aquello que afecta a los alumnos. En una universidad puede ser una obra espectacular antes que atender una carencia académica. En una oficina pública puede ser lo vistoso antes que lo indispensable. Y en un municipio puede ocurrir exactamente lo mismo.
Por eso quizá el viejo concepto de “pan y circo” tampoco alcanza para explicar el problema. Porque no siempre hay alguien ofreciendo circo mientras nosotros permanecemos engañados. A veces también nosotros pedimos el circo. Queremos obras que se vean. Inauguraciones que se fotografíen. Anuncios que puedan presumirse. Resultados inmediatos. Y después nos preguntamos por qué no alcanzó el dinero para aquello que no se ve, pero que era más importante. Ahí está nuestra corresponsabilidad. La democracia no termina cuando depositamos el voto en una urna. Después de elegir, tenemos que preguntar.Tenemos que informarnos. Tenemos que participar, revisar, exigir cuentas. Y también tenemos que aceptar algo que a veces resulta incómodo: si nunca preguntamos, no podemos sorprendernos cuando descubrimos tarde lo que se decidió con nuestros recursos.
Pero tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad al ciudadano. Quien gobierna tiene obligaciones mayores precisamente porque administra recursos que no le pertenecen. Por eso la pregunta debe hacerse en ambos sentidos. Al gobernante: ¿Por qué esto debe ser prioridad? Y al ciudadano: ¿Por qué estoy dispuesto a exigir que esto sea prioridad?Tal vez ahí encontremos una definición más profunda del servicio público. No basta con saber qué permite la ley. Hace falta tener el criterio para decidir qué conviene a la comunidad. No basta con cumplir una promesa. Hace falta preguntarse si las circunstancias siguen justificándola. No basta con tener recursos. Hace falta saber dónde producen mayor beneficio. Y quizá tampoco basta con ser ciudadano. Hace falta aprender a ejercer nuestra ciudadanía.
Marco Aurelio escribió para sí mismo, no para gobernar a los demás desde sus páginas. Quizá por eso sus reflexiones siguen teniendo una fuerza particular: antes de pretender ordenar el mundo, hay que aprender a ordenar aquello que depende de nosotros.
Tal vez ahí comienza todo. En una presidencia municipal. En una universidad. En una escuela rural. En una oficina. En una familia. Y, finalmente, en nosotros mismos. Porque una sociedad no solamente se define por lo que puede hacer. También se define por aquello que decide hacer primero. Y quizá esa sea la verdadera obra pública que tenemos pendiente:aprender a poner primero lo primero.