
Fotos Juan Ángel Sainos López
Antes de que el toro salte al ruedo, la corrida ya comenzó.
Comienza cuando el torero se viste. Cuando en la intimidad de su habitación coloca un pequeño altar, enciende una vela, se persigna o guarda unos segundos de silencio. Continúa cuando llega a la plaza, cuando visita la capilla, cuando participa en el sorteo y cuando, finalmente, atraviesa el túnel que conduce al ruedo.Todo es un ritual. El rito del toreo.
Desde hace miles de años, el hombre ha enfrentado la adversidad buscando formas de comprender aquello que lo rebasa. Ha creado símbolos, ceremonias y rituales para acercarse a lo desconocido, para pedir protección, para agradecer, para celebrar y también para aceptar aquello que no puede evitar. Y en esa larga historia de la humanidad, el toro ha ocupado un lugar singular. No solamente representa el peligro. Representa la fuerza de la naturaleza frente al hombre; aquello que no puede ser completamente dominado. Es la pasión misma del hombre frente al mundo.
Por eso una corrida de toros tiene una dimensión que va mucho más allá de los minutos que dura el espectáculo. El hombre entra al ruedo para encontrarse con una fuerza que puede quitarle la vida. Y lo hace acompañado de un conjunto de ritos que, de alguna manera, le permiten entrar en ese territorio incierto. Pero hay una noche en Huamantla en la que todo aquello que normalmente permanece en la intimidad adquiere luz propia.
La Corrida de las Luces.La Corrida de las Luces no nació en Huamantla. Pero Huamantla le ha dado un carácter propio, una identidad que se ha construido alrededor de la noche, las velas, la fe y la tradición taurina.Y entonces sucede algo extraordinario. La espiritualidad que acompaña al rito taurino deja de estar escondida.Se hace visible. Las velas iluminan el camino. Las imágenes religiosas acompañan la ceremonia. La plaza adquiere otra solemnidad. El ruedo deja de ser solamente el espacio donde habrá de desarrollarse la lidia y se convierte, por unas horas, en el centro de una experiencia colectiva cargada de símbolos. Quizá por eso esta corrida conmueve de una manera distinta. Porque nos recuerda que nada es nuestro. El toro forma parte esencial de la fiesta, pero también nos recuerda nuestra propia condición. En el ruedo, el toro habrá de entregar su vida y el hombre habrá de regresar después al mundo terrenal. Cada uno, a su manera, abandona ese espacio después de haber entregado algo de sí mismo.Y quizá ahí está una de las grandes lecciones de la Corrida de las Luces: Nada me es arrebatado. Todo es devolver.
Somos depositarios de unos instantes que, al final, habremos de devolver. Como las velas.Como los tapetes de Huamantla. El arte efímero de esta tierra parece entender algo que a nosotros, los seres humanos, nos cuesta tanto aceptar: que aquello que está destinado a desaparecer no vale menos por ser pasajero. Tal vez vale más precisamente porque sabemos que no permanecerá. Horas de trabajo para crear un tapete que será destruido bajo nuestros pasos. Horas de trabajo para pintar una tabla que acompañará una celebración y que, después, dejará de estar ahí. Una vela que se enciende sabiendo que habrá de consumirse. Una corrida que comienza sabiendo que terminará. Y una vida. La vida también se nos va. No la contamos realmente por años. La contamos por momentos. La vida se nos va en un beso robado, en el abrazo de un hijo, en la mano de un padre, en una conversación que nunca olvidaremos, en la mirada de quien amamos, en una oración de una madre.Instantes. Eso somos. Instantes que, mientras ocurren, parecen pequeños; pero que después descubrimos que eran la vida entera. Por eso el toro puede ser también un espejo. Porque cuando aparece en el ruedo nos recuerda que estamos frente a algo que no controlamos. Que existe el riesgo. Que existe la muerte. Que existe lo desconocido. Y el torero, con su traje de luces, se coloca frente a él. No para negar el miedo, sino para enfrentarlo. Quizá por eso la fe acompaña al toreo. Porque hay un momento en el que la técnica ya no alcanza. Hay un instante en el que el hombre sabe que ha hecho todo lo que estaba en sus manos y, sin embargo, debe dar el siguiente paso. Entonces mira hacia arriba. Y confía. En la Corrida de las Luces, esa confianza se vuelve visible. Las velas arden. El toro embiste. El hombre torea. Y durante unos minutos, en medio de la noche, todos somos capaces de recordar aquello que durante el resto del año procuramos olvidar: que nuestra permanencia aquí también es efímera.
Algún día las luces se apagarán. El ruedo quedará vacío. El tapete habrá desaparecido bajo los pasos. La música habrá terminado. Y nosotros también tendremos que abandonar la plaza. No nos llevaremos nada. Porque quizá nunca fuimos dueños de nada. Solo fuimos depositarios de unos instantes. Instantes que nos fueron concedidos para amar, para abrazar, para creer, para equivocarnos, para volver a empezar. Para vivir. Y cuando llegue la hora, los devolveremos.
Porque la vida no consiste en cuánto tiempo permanecemos, sino en lo que hacemos con esos pequeños fragmentos de eternidad que nos fueron entregados. Por eso, cuando las velas de Huamantla vuelvan a encenderse y el toro vuelva a saltar al ruedo, quizá no estemos solamente frente a una corrida. Quizá estemos frente a un espejo. Uno que durante unas horas nos recuerda quiénes somos. Y hacia dónde vamos. La vida dura instantes y la contamos no por años, sino por momentos. Y mientras una vela se consume lentamente, quizá podamos entenderlo: Nada me es arrebatado. Todo es devolver.