
Hay preguntas que no envejecen. Una de ellas es ésta: ¿cuánto valen nuestras convicciones cuando alguien nos ofrece algo a cambio de renunciar a ellas?
La pregunta me saltó al conocer, a través de su familia, la historia de Héctor Cid Trujillo, un hombre de San Miguel Zacaola que perteneció a aquella generación de jóvenes poblanos que, durante los años setenta y ochenta, entendieron la política de una manera muy distinta a como solemos verla hoy.
No buscaban necesariamente un cargo. Buscaban transformar su realidad. Eran campesinos, obreros, estudiantes, maestros, dirigentes comunitarios. Hombres y mujeres que encontraron en la organización social una herramienta para enfrentar carencias, defender la tierra, exigir educación, reclamar servicios y disputar espacios de participación frente a un poder que muchas veces parecía inamovible.
Héctor Cid Trujillo terminó en prisión. Con la entrada en vigor de la ley de amnistía, recuperó su libertad.Pero aquí empieza la parte verdaderamente importante de su historia: al salir de la cárcel no abandonó su comunidad. Regresó a Zacaola y continuó ayudando a su gente.
Pudo haber tenido tentaciones para callar. Pudo haber escogido el camino más cómodo. Pero sus convicciones tenían aspiraciones más elevadas.Y eso, independientemente de las ideas políticas que uno comparta o no, merece respeto.Porque los años setenta y ochenta produjeron una generación que pagó precios personales por sus causas. Algunos no terminaron sus estudios universitarios. Otros conocieron la cárcel. Muchos fueron señalados, perseguidos o simplemente olvidados.Sin embargo, sus luchas dejaron algo. Las comunidades cambiaron. Llegaron escuelas, caminos, servicios, oportunidades. Hoy hay jóvenes que pueden terminar una carrera universitaria porque las condiciones que ellos encontraron fueron distintas a las que tuvieron sus padres y abuelos.
Quizá ése sea el problema de nuestra memoria.
Nos acordamos de la obra inaugurada, pero no de quienes durante años exigieron que existiera. Recordamos al funcionario que cortó el listón, pero olvidamos al campesino que durante décadas pidió el camino. Recordamos al político que anuncia el beneficio, pero no al ciudadano que comenzó la lucha cuando nadie quería escucharlo.
Y así, poco a poco, vamos perdiendo la historia de quienes construyeron buena parte del México que hoy habitamos.
No se trata de idealizar aquella época. También hubo dogmatismos, excesos, errores y enfrentamientos. Tampoco podemos pretender que todas aquellas luchas fueron perfectas. Pero hay algo que sí parece haberse debilitado: la disposición a pagar un precio personal por una convicción colectiva.
Hoy tenemos más herramientas. Tenemos universidades, organizaciones civiles, gobiernos abiertos a la participación, especialistas, empresarios, medios de comunicación y redes capaces de colocar un problema ante millones de personas en cuestión de horas. Ya no necesariamente necesitamos una confrontación para transformar una comunidad.
Podemos sentarnos, construir mesas de acuerdos, crear comités de desarrollo comunitario, involucrar a jóvenes, universidades, autoridades y empresarios.
Respetar las tradiciones y costumbres de cada pueblo y, al mismo tiempo, buscar nuevas oportunidades para quienes vienen detrás.
La lucha social puede convertirse ahora en construcción social. Y entonces aparece otro contraste de nuestro tiempo. No está mal defender a los animales. Una sociedad verdaderamente civilizada debe ser capaz de protegerlos. Lo extraño es que, en ocasiones, pareciera que una causa particular puede provocar mayor indignación colectiva que el abandono de una comunidad entera.
El mascotismo no debería convertirse en sustituto de la responsabilidad social. Porque mientras discutimos apasionadamente algunas causas en las redes, todavía existen comunidades que necesitan mejores escuelas, jóvenes que necesitan oportunidades, familias que requieren servicios y regiones enteras que esperan desarrollo.
El problema no es defender una causa, sino olvidar las demás. Por eso la historia de Héctor Cid Trujillo me parece vigente. No porque debamos regresar a los años setenta. Sino porque podemos recuperar algo que entonces parecía fundamental: la convicción de que la política debe servir para mejorar la vida de los demás.
Él salió de la cárcel y regresó a su pueblo. No salió a cobrar una deuda. Salió a continuar una responsabilidad.
Y quizá ésa sea la pregunta que deberíamos hacernos hoy, en una época donde tantas convicciones parecen cambiar de acuerdo con la conveniencia:¿Cuánto valen nuestras convicciones?
Héctor Cid Trujillo quizá no tenga una calle con su nombre. Tal vez tampoco exista una placa que recuerde sus luchas. Pero si una comunidad avanzó un poco gracias a hombres como él, si otros pudieron estudiar, si otros tuvieron mejores oportunidades y si su pueblo es hoy distinto al que él conoció, entonces algo de aquella lucha permanece. Porque hay hombres que pasan por la política. Y hay hombres que, aun sin ocupar grandes cargos, dejan algo en la historia de su pueblo. A esos hombres no siempre se les construyen monumentos. A veces basta con que alguien recuerde su nombre. Y que una generación, al escucharlo, vuelva a hacerse la pregunta:¿Cuánto valen nuestras convicciones?