
86 mil diagnósticos en siete meses. La cifra debería detenernos un momento.
De acuerdo con información publicada por El Sol de México, más de 86 mil personas fueron diagnosticadas con depresión en el país durante los primeros siete meses del año. Detrás de ese número hay nombres, familias, historias y, sobre todo, personas que en algún momento dejaron de poder cargar solas con aquello que les dolía.
Pero quizá lo verdaderamente preocupante no sea lo que la estadística nos dice, sino todo aquello que todavía no alcanza a registrar. Porque los seres humanos atravesamos por distintas dificultades a lo largo de nuestra vida. En la infancia aparecen heridas que muchas veces no sabemos nombrar; en la adolescencia llegan los cambios, las decisiones, la necesidad de pertenecer y, para algunos, experiencias que pueden dejar cicatrices profundas. Después vienen la madurez, las responsabilidades, las pérdidas, las frustraciones, las obligaciones económicas y familiares. Y en la vejez, nuevas pérdidas, soledades, enfermedades y el inevitable balance de una vida.
¿Y qué hacemos con todo eso? Muchas veces, callamos. Nos enseñaron que había que ser fuertes. Que llorar era cosa de débiles. Que los problemas se resolvían en casa. Que había que aguantar. Que el tiempo curaba todo. Y entonces aprendimos a anestesiar el dolor. Algunos lo hacemos trabajando de más. Otros aislándonos. Algunos convirtiendo la tristeza en enojo. Otros en intolerancia. Hay quienes encuentran refugio en el alcohol o en otras sustancias.
No significa que cada persona que bebe esté deprimida, ni que toda conducta iracunda sea consecuencia de un trastorno mental. La realidad es mucho más compleja. Pero sí sabemos que la depresión y los trastornos por consumo de sustancias pueden coexistir y que, cuando lo hacen, el diagnóstico y el tratamiento se vuelven todavía más difíciles. Por eso estamos frente a algo que rebasa la responsabilidad individual. Estamos hablando de salud pública. Pero también de cultura.
Porque quizá México aprendió hace mucho tiempo a esconder sus heridas. Con la Conquista desaparecieron templos, se transformaron espacios sagrados, se persiguieron prácticas y se impusieron nuevas creencias. Los pueblos originarios tuvieron que preservar parte de su memoria en silencio, adaptarla, esconderla o transformarla. Con los siglos construimos una nación nueva, orgullosa, festiva, resistente. Pero quizá también aprendimos algo peligroso: que resistir era suficiente. Pero no siempre lo es.
Resistir no necesariamente significa sanar. Hasta nuestras celebraciones pueden mostrarnos esa contradicción. Cada septiembre recordamos nuestra historia, levantamos los símbolos patrios, gritamos con orgullo que somos mexicanos y celebramos la Independencia. Y está bien. Lo que habría que preguntarnos es por qué, en ocasiones, necesitamos llevar la emoción hasta el exceso para sentir que realmente estamos celebrando.
La noche del 15 de septiembre puede terminar en alegría, música y convivencia. Pero también puede terminar en alcohol, accidentes, violencia, discusiones y una resaca que al día siguiente no siempre es solamente física. Porque hay otra resaca. La de preguntarnos qué hicimos, qué dijimos, a quién lastimamos y por qué necesitamos anestesiarnos para sentirnos libres.
No se trata de comparar culturas ni de decir que en otros países no existen excesos. Se trata de preguntarnos si hemos aprendido a canalizar nuestras emociones o si solamente hemos aprendido a llevarlas al límite. Una sociedad sana no es una sociedad que no tiene dolor. Eso sería imposible. Una sociedad sana es aquella que sabe qué hacer con él. Y ahí tenemos una responsabilidad compartida.
La familia debe aprender a escuchar. La escuela debe enseñar que la salud emocional también forma parte de la formación de una persona. La sociedad debe dejar de ridiculizar a quien pide ayuda. Los hombres tenemos que entender que pedir ayuda no nos hace menos hombres. Las mujeres tampoco deberían cargar solas con dolores que durante generaciones se les ha pedido soportar en silencio. Y el Estado tiene una responsabilidad todavía mayor: generar políticas públicas de prevención, detección temprana, atención psicológica accesible y tratamiento integral de la salud mental y las adicciones. Porque no podemos esperar a que el dolor se convierta en una crisis para comenzar a atenderlo.
Los 86 mil diagnósticos son una llamada de atención. Pero quizá la cifra que debería preocuparnos todavía más sea la de quienes no han llegado a un diagnóstico, quienes no han pedido ayuda, quienes siguen funcionando todos los días mientras por dentro están librando una batalla que nadie conoce. Tal vez ahí esté la verdadera dimensión del problema. No necesitamos una sociedad sin dolor. Necesitamos una sociedad que no tenga miedo de reconocerlo. Una sociedad capaz de hablar de sus heridas sin vergüenza. Capaz de pedir ayuda antes de romperse. Capaz de entender que el alcohol no siempre es una fiesta, que el silencio no siempre es fortaleza y que la ira no siempre es carácter.
Porque todos, absolutamente todos, cargamos alguna vez con algo que nos duele. La diferencia está en qué hacemos con ello. Quizá durante siglos aprendimos a enterrar nuestros templos, nuestros recuerdos y nuestras heridas. Ya es tiempo de aprender a desenterrarlos. Y, sobre todo, de aprender a sanar.