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Hace unos días llamó la atención la declaración de Ismael «El Mayo» Zambada al exhortar a los jóvenes a no involucrarse en actividades relacionadas con el narcotráfico.
El consejo, visto de manera aislada, es correcto. Ninguna sociedad sensata puede desear que sus jóvenes encuentren en la violencia, el miedo o la ilegalidad un proyecto de vida.
Sin embargo, la declaración nos enfrenta a una paradoja inevitable: cuando las palabras y la trayectoria de quien las pronuncia parecen recorrer caminos distintos, el mensaje pierde parte de su fuerza.
Fue entonces cuando recordé al filósofo y pedagogo español Jaime Balmes, quien afirmaba que «el ejemplo es una lección viva.» Difícilmente existe una definición más precisa de cómo se construyen las personas y las sociedades.
Los jóvenes escuchan consejos, pero aprenden observando.
Y esa es la reflexión que realmente me interesa.
Con frecuencia pensamos que los modelos de una sociedad son únicamente los personajes que ocupan las portadas: políticos, deportistas, empresarios, artistas o, incluso, figuras del crimen organizado. Sin embargo, los referentes que más profundamente moldean el carácter de una comunidad suelen encontrarse mucho más cerca.
Es el gerente que decide si la corrupción será tolerada o castigada dentro de una oficina.
Es el empresario que pesa con honestidad cada kilogramo de su producto, aunque nadie lo esté vigilando.Es el servidor público que renuncia al privilegio porque sabe que la ley comienza por uno mismo.
Es el profesor que prepara cada clase con respeto por sus alumnos.
Es el padre o la madre que cumplen la palabra dada.
Ninguno de ellos aparecerá en los titulares nacionales. Pero todos ellos están educando.
Porque la educación moral de una sociedad no ocurre únicamente en las escuelas. Se produce todos los días, cuando las nuevas generaciones descubren qué conductas reciben reconocimiento y cuáles son justificadas bajo el argumento de que «así funcionan las cosas».
Quizá ahí se encuentre una de nuestras mayores contradicciones. Nos escandaliza la incongruencia cuando aparece en los grandes personajes públicos, pero con demasiada facilidad terminamos normalizándola en la vida cotidiana. La aceptamos cuando un jefe protege al corrupto porque entrega resultados; cuando un comerciante engaña discretamente al cliente; cuando un ciudadano exige honestidad mientras busca un favor para evitar cumplir la ley.
No son realidades equivalentes en gravedad. Sería injusto afirmarlo. Pero todas participan de un mismo mecanismo: la separación entre el discurso y la conducta.Y las sociedades no se construyen sobre los discursos. Se construyen sobre los ejemplos que deciden premiar.
Tal vez por eso deberíamos dejar de preguntarnos únicamente quién habla y comenzar a preguntarnos quién está formando realmente a nuestros jóvenes.
Porque el futuro de un país no dependerá solamente de las leyes que apruebe ni de los discursos que pronuncie. Dependerá, sobre todo, de los hombres y mujeres que, lejos de los reflectores, hagan de la congruencia una forma de vivir.
Jaime Balmes tenía razón. El ejemplo es una lección viva.
Y quizá la lección más urgente que hoy necesitan nuestros jóvenes no sea escuchar mejores discursos, sino encontrar mejores ejemplos.Toda sociedad termina pareciéndose a los ejemplos que decide aplaudir.