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El otro día me asaltó una pregunta de esas que parecen tener una respuesta de dos líneas y terminan llevándolo a uno varios siglos atrás: ¿Por qué cemita se escribe con C, si suena tanto a semita?
Y entonces apareció Puebla. La respuesta lingüística es menos romántica de lo que uno quisiera: cemita no viene de “Sem”, el personaje bíblico del que deriva la palabra semita. Su origen se relaciona con acemita, voz procedente del árabe, vinculada con la harina. Con el paso del tiempo, la palabra se fue transformando hasta llegar a nuestro “cemita”.
Pero aquí es donde la historia se pone buena. Porque si uno sigue el camino de esa palabra, inevitablemente termina pensando en el Al-Ándalus, en esos casi ocho siglos durante los cuales musulmanes, cristianos y judíos convivieron, guerrearon, comerciaron y, sobre todo, se influyeron unos a otros en la península ibérica.
Hace unos años, leyendo La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, me quedó esa sensación de estar frente a una España que todavía no era la que conocemos, sino una tierra de fronteras, lenguas, religiones y culturas que se encontraban y se enfrentaban. Quizá ahí comienza una de las grandes lecciones de la historia: los pueblos rara vez permanecen puros después de encontrarse.
España llegó a América llevando consigo todo lo que había heredado y transformado durante siglos. Y aquí se encontró con otro mundo.El trigo europeo se encontró con el maíz; las técnicas españolas con los ingredientes indígenas; las cocinas de ambos mundos comenzaron a conversar. Y de aquella conversación nació buena parte de lo que hoy llamamos comida mexicana.
Pero Puebla no terminó ahí. Siglos después llegaron inmigrantes del Levante mediterráneo y con ellos otras costumbres, otros sabores y otra manera de preparar la carne. En Puebla, aquella tradición terminó transformándose en algo que hoy consideramos tan nuestro como cualquier otro antojito: el taco árabe. Y si a la mesa le ponemos un mezcal, la conversación se vuelve todavía más interesante.
La palabra alambique tiene origen árabe y procede de al-anbīq, mientras que el mundo islámico medieval tuvo un papel fundamental en el desarrollo y transmisión de conocimientos sobre la destilación.
De pronto tenemos frente a nosotros una cemita, un taco árabe y un mezcal.
Tres cosas que parecen profundamente poblanas. Y, sin embargo, las tres cuentan historias de viajes.
Quizá por eso pienso en Carlos Fuentes y en aquella enorme conversación sobre España y América que construyó en El espejo enterrado. Nuestra identidad no apareció de repente el día de la Conquista. Se fue formando con las culturas que llegaron, las que estaban aquí y las que continuaron llegando después. La historia no es una fotografía. Es una receta. Se agregan ingredientes, se modifican proporciones, algunas cosas desaparecen y otras permanecen. Al final aparece algo que ya no es exactamente ninguna de las partes originales.
Eso somos. Por eso me gusta pensar que Puebla es también una ciudad que se puede leer con el paladar. Una cemita nos puede llevar hasta el Al-Ándalus. Un taco árabe nos recuerda que la historia de la migración continuó mucho después de la Conquista. Y un caballito de mezcal puede hacernos pensar en cuánto conocimiento ha viajado entre civilizaciones antes de llegar a nuestra mesa.
Entonces, quizá la pregunta correcta ya no sea solamente: ¿Por qué cemita se escribe con C? Tal vez deberíamos preguntarnos: ¿Cuántas historias caben dentro de una cemita?Y la respuesta, como casi todo en Puebla, puede ser mucho más grande que el pan.