
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo», escribió José Ortega y Gasset. La frase sigue interpelándonos porque nos recuerda que vivimos entre personas con historias, gustos, tradiciones y convicciones distintas.
La tauromaquia forma parte de esa circunstancia cultural. Para unos es arte, historia y patrimonio; para otros representa una práctica que debe desaparecer. En una sociedad democrática, esa diferencia de posturas es natural.La pregunta de fondo no es si todos debemos pensar igual, sino si hemos aprendido a convivir con aquello que no compartimos. Una democracia madura no se construye sobre la uniformidad de las preferencias, sino sobre el respeto a la libertad dentro del marco de la ley.Prohibir suele ser el camino más sencillo; comprender por qué el otro piensa distinto exige un esfuerzo mayor. La tolerancia no consiste en renunciar a las propias convicciones, sino en reconocer que el espacio público también pertenece a quienes sostienen ideas diferentes.Quizá la lección de Ortega y Gasset sea precisamente esa: salvar nuestra circunstancia implica fortalecer una cultura del respeto mutuo. Porque cuando sustituimos el diálogo por la descalificación, todos terminamos perdiendo una parte de nuestra libertad.
«La civilización no está ahí, no es un hecho; es preciso hacerla.»