
Hoy por la mañana, mientras conducía rumbo al trabajo y llevaba a mi hijo al bachiller, me detuve en un semáforo.
Entonces, por alguna razón, empecé a mirar los automóviles que estaban a mi alrededor. Me llamó la atención la cantidad de marcas chinas que ya circulan por nuestras calles. Hace algunos años habría sido difícil imaginarlo. Hoy forman parte del paisaje cotidiano. Luego miré la avenida. Tenemos cada vez más vehículos, más marcas, más modelos… pero las mismas calles que muchas veces ya resultan insuficientes para contenerlos.
Y mientras esperaba que cambiara la luz, la radio del automóvil hablaba de otra cosa: desempleo. Trabajadores que pierden su fuente de ingresos, empresas que ajustan sus operaciones… incertidumbre.
Entonces pensé en Volkswagen. Durante décadas, en Puebla decir que alguien “ya había entrado a Volkswagen” era casi sinónimo de haber encontrado un destino. Era mucho más que conseguir un empleo. Era estabilidad, vivienda, educación para los hijos y la posibilidad de construir una vida alrededor de una empresa que parecía indestructible.
Pero el mundo cambió. Y entonces pensé en China. ¡Qué curioso! Marcas de vehículos de un país comunista circulando cada vez con mayor fuerza por nuestras calles.
Nos hemos acostumbrado a discutir si la izquierda o la derecha tienen razón. Pero mientras nosotros seguimos atrapados en esa discusión, China está fabricando automóviles, desarrollando tecnología, construyendo infraestructura, formando atletas, invirtiendo en ciencia y compitiendo por el futuro.
O quizá habría que decirlo de otra manera: China ya no solamente compite. En muchos terrenos, está marcando agenda. Y el mundo no se detiene. La pregunta ya no es solamente quién fabricará el automóvil más barato. Es quién dominará la inteligencia artificial, quién producirá la energía del futuro, quién tendrá la tecnología para transformar nuestra relación con los recursos naturales y, por qué no, quién encontrará agua en Marte o en la Luna.
Puede parecernos lejano. Pero también parecía lejano imaginar que un día nos detendríamos en un semáforo en Puebla rodeados de automóviles chinos.
Y aquí estamos. Por eso mi duda no es quién gobierna hoy México. Mi duda es mucho más sencilla: ¿Qué estamos construyendo como país para 2076? Porque mientras el mundo avanza, México tiene que entrar en ese ritmo. Y quizá el primer paso sea dejar de pensar únicamente en el próximo sexenio y comenzar a pensar en las próximas generaciones.
Aunque, curiosamente, mi hijo —que acaba de entrar al bachillerato— ya entendió algo mucho más práctico. En medio del tráfico me dijo: —Pa’, llego mejor caminando a la escuela. Y tenía razón. Con este cúmulo de automóviles de marcas mundiales, y principalmente chinas, esta mañana simplemente no pude alcanzarlo en una calle. Él llegó caminando. Yo llegué detrás de él… en automóvil.
Tal vez hasta para eso el futuro ya nos está dando una lección.