
Hay una frase que suele resumir el pensamiento de Voltaire: aunque no compartamos una idea, debemos defender el derecho de otros a expresarla. Ese principio no solo dio forma a la Ilustración; también sembró las bases de las democracias modernas. La tolerancia no consiste en convivir con quienes piensan como nosotros, sino en aprender a vivir con quienes piensan distinto.
Sin embargo, algo parece estar cambiando.
Vivimos en una sociedad que reacciona con una velocidad inédita. Las redes sociales nos acostumbraron a decidir en segundos: sí o no, bueno o malo, conmigo o contra mí. La reflexión cede su lugar a la inmediatez, y el debate suele perder frente al impulso de cancelar.
Entonces ocurre una tragedia en una escuela militarizada y la primera reacción es cerrar todas. Un circo comete abusos y la respuesta es prohibir todos los circos. Una tradición divide opiniones y la solución propuesta es eliminarla. Una declaración desafortunada provoca indignación y de inmediato se exige la destitución de quien la pronunció.
No siempre nos detenemos a formular la pregunta más importante: ¿El problema es la actividad… o nuestra incapacidad para gobernarla?
Gobernar nunca ha sido sencillo. Significa comunicar, supervisar, regular, inspeccionar, corregir, sancionar y rendir cuentas. Exige instituciones fuertes y servidores públicos comprometidos, con vocación. Prohibir, en cambio, suele ser una decisión más rápida. Da la impresión de resolver el problema, aunque muchas veces solo lo oculta.
Quizá, en ocasiones, prohibir sea el reflejo de un temor oculto.
Tememos la incertidumbre porque nos recuerda que la vida no ofrece garantías absolutas. Pero también tememos mirar la realidad de frente. Nos cuesta aceptar que habrá errores, accidentes, conflictos y diferencias; que ninguna ley puede eliminar por completo el riesgo de vivir.
Un niño siente miedo cuando intenta dar sus primeros pasos. Se cae una y otra vez. Nadie propone prohibirle caminar para evitar que se lastime.
Comprendemos que solo enfrentando el miedo aprenderá a sostenerse, a descubrir el mundo y a conquistar su libertad.
Las sociedades no son muy distintas.Cada vez que sustituimos el debate por la prohibición, renunciamos a comprender. Cada vez que preferimos cancelar antes que regular, debilitamos nuestra capacidad de gobernar. Cada vez que dejamos de hacernos preguntas, también dejamos de construir respuestas.
Una democracia no se fortalece porque prohíba más. Se fortalece cuando tiene instituciones capaces de enfrentar los problemas sin sacrificar la libertad, cuando es capaz de distinguir entre sancionar una conducta y condenar una actividad entera, cuando entiende que la justicia exige inteligencia y no solamente indignación.
Porque la libertad nunca ha sido cómoda. Exige responsabilidad, prudencia y diálogo. Pero también exige valor: el valor de mirar la realidad tal como es, sin esconderla detrás de un decreto.Al final, quizá la pregunta no sea si debemos prohibir más cosas.La verdadera pregunta es otra:Si cada riesgo, cada error y cada diferencia terminan convertidos en una prohibición… ¿acaso llegará el día en que decidamos prohibir vivir?