
La política contemporánea parece haber descubierto una fórmula infalible para sobrevivir a cualquier escándalo: una disculpa pública. Un comunicado bien redactado, una lectura frente a las cámaras, un «si alguien se sintió ofendido, ofrezco una disculpa», y el expediente parece quedar cerrado.
Pero no. La disculpa no es el final de la historia.
Los recientes comentarios de dos legisladoras poblanas hacia las personas adultas mayores provocaron una indignación comprensible. Más allá del tono o del contexto, sus palabras abrieron un debate que rebasa los nombres propios. Porque el verdadero problema no es una frase desafortunada, sino la facilidad con la que hemos llegado a creer que una disculpa basta para reparar cualquier agravio.
No hablo del castigo.Hablo de la reparación del daño.Son cosas distintas.
El castigo busca sancionar a quien se equivoca. La reparación busca restituir, hasta donde sea posible, la dignidad de quien fue lastimado. El primero mira hacia el responsable; la segunda pone la mirada en la víctima y en la comunidad que recibió la ofensa.
Por eso una disculpa, por sincera que sea, no siempre alcanza.Vivimos tiempos en los que pedir perdón parece un protocolo de comunicación política. Sin embargo, reparar exige algo mucho más difícil: humildad.
Humildad para reconocer que las palabras tienen consecuencias. Humildad para escuchar a quienes se sintieron agraviados. Humildad para preguntarse qué acciones concretas pueden demostrar que el error fue comprendido y que no volverá a repetirse.Reparar el daño implica desprenderse del ego.
Mientras el ego pregunta: «¿Cómo recupero mi imagen?», la humildad pregunta: «¿Qué puedo hacer para restaurar la confianza que quebranté?»
Esa diferencia lo cambia todo.En el hermoso poema México, creo en ti, Ricardo López Méndez escribió una frase que conserva una extraordinaria vigencia: «Del perdón nace el milagro.»Qué profunda verdad.
Pero quizá ese milagro solo ocurre cuando el perdón deja de ser una declaración y se convierte en un compromiso. Porque el perdón abre la puerta, pero la reparación decide si realmente estamos dispuestos a cruzarla.
Nuestra vida pública necesita menos comunicados y más actos de responsabilidad. Necesita representantes que comprendan que la dignidad de las personas no admite burlas, sin importar su edad, su condición o su género. Necesita partidos políticos que, al seleccionar a sus candidatos, no solo midan popularidad o presencia mediática, sino también prudencia, criterio y vocación de servicio.
Porque los servidores públicos no son conductores de espectáculos. Son depositarios de la confianza ciudadana.
Y esa confianza no se recupera leyendo dos cuartillas frente a una cámara.
Se recupera con hechos. Con humildad. Con responsabilidad. Y con la convicción de que el verdadero perdón no termina cuando se apagan los reflectores, sino cuando comienza la reparación.Solo entonces, del perdón, nace el milagro.