Cuando las relaciones parecen imponerse al mérito, el problema deja de ser deportivo para convertirse en un desafío ético.
El Mundial todavía no concluye y ya ha dejado una de esas imágenes que trascienden el marcador. Más allá de los goles, las atajadas o las sorpresas deportivas, quedó sembrada una duda incómoda: ¿hasta dónde puede llegar la influencia del poder?
El presidente de los Estados Unidos aseguró que una llamada a Gianni Infantino fue suficiente para que un futbolista suspendido pudiera ser alineado con su selección. La FIFA nunca emitió un pronunciamiento específico sobre esas declaraciones y el torneo siguió su curso. Más tarde, el encuentro entre Argentina y Egipto también despertó comentarios y sospechas de un posible favoritismo arbitral. Sean o no fundadas esas percepciones, el debate quedó instalado.
El fútbol mueve pasiones, pero también representa valores. Millones de niños y jóvenes aprenden en una cancha que el esfuerzo, la disciplina y el respeto a las reglas son el camino para alcanzar sus metas. Por eso resulta inevitable preguntarse qué mensaje reciben cuando pareciera que una llamada, una relación o una posición de poder pueden pesar más que el reglamento.
Sin embargo, el problema no termina en el deporte.
Los favoritismos aparecen con demasiada frecuencia en la vida cotidiana. En ocasiones, los reconocimientos escolares no llegan a quienes obtuvieron los mejores resultados. En otras, una plaza laboral termina en manos de quien tiene el contacto adecuado y no de quien acredita mayor capacidad, experiencia o talento. Basta recorrer algunas oficinas públicas o privadas para encontrar ejemplos donde las influencias desplazan al mérito.
Cuando eso ocurre, el daño va mucho más allá de una decisión equivocada. Se erosiona la confianza en las instituciones y se envía un mensaje peligroso a las nuevas generaciones: que las relaciones personales pueden abrir más puertas que el trabajo honesto y que el poder está por encima de las reglas.
El filósofo William James sostenía que el valor de nuestras acciones se mide por sus consecuencias y por la aportación que hacen a la vida de los demás. Esa idea sigue teniendo vigencia. El verdadero éxito no consiste únicamente en ganar, sino en construir una sociedad donde el mérito, la responsabilidad y la integridad tengan más peso que cualquier influencia.
Quizá la pregunta no sea si aquella llamada realmente cambió el destino de un partido. La pregunta de fondo es otra: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando normalizamos que el poder pueda doblar las reglas? Porque los partidos terminan. Los mundiales pasan. Pero las lecciones que dejamos a nuestros hijos permanecen durante generaciones.