Del cementerio de los sueños perdidos al milagro de la vida
Por Rodrigo Ponce de León
Ganadero de San Miguel del Milagro
Lo recuerdo bien. Primero nos golpeó la epidemia de la palomilla: el ganado sin fuerza, el pasto agotado, el silencio del campo interrumpido solo por los bramidos débiles. Y después, como si no bastara, llegó abril de 2020, en plena pandemia. Todo se volvió cuesta arriba.
Tuve que tomar una decisión dura: moverlos a otro rancho, rentar más terreno, darles una última oportunidad de sobrevivir. Algunos murieron en el camino. Otros resistieron. Cada pérdida fue un vacío que pesaba más que el gasto.
El dolor no fue solo económico. Era humano, íntimo. Cada llamada del vaquero anunciando la muerte de un animal me dolía como la noticia de un amigo que ya no volverá. No es solo un número. Es un ser vivo que llevaba dentro la promesa de la bravura, el fruto de años de selección y esperanza. Cuando muere, no se va solo un becerro: se hunde también un sueño.
Un día en especial se me clavó en el alma. Dos novillos de tres años y una becerra que nació muerta. La placenta dañada, sin nutrientes. Nunca respiró. Mi padre, el vaquero y yo los amarramos a la camioneta. El motor encendido, el polvo levantándose, el arrastre lento sobre la tierra dura. El silencio se hizo pesado. Solo el crujido de la cuerda y el roce contra el suelo. Los llevamos hasta el sitio donde los enterramos. Allí descansan, y desde ese día lo llamé: el cementerio de los sueños perdidos. De las faenas que nunca se verán, de las orejas que no se cortarán, de las plazas que no aplaudirán.
En la plaza, a un gran toro se le concede el honor del arrastre lento después de una faena memorable. Aquellos tres también tuvieron un arrastre lento… pero no fue un reconocimiento: fue apenas la forma en que los llevamos a su tumba, sin haber podido mostrar lo que llevaban dentro. Y ese dolor no cabe en palabras.
Ese cementerio de sueños perdidos me hizo pensar en otro, mucho más doloroso: el de las vidas humanas que nunca llegan a nacer. También hay personas de arrastre lento. Vidas llamadas a la plenitud, al reconocimiento, a dejar huella. Pero truncadas en el vientre. Nunca podrán mostrar lo que llevaban dentro. Nunca tendrán su faena. Nunca alcanzarán su arrastre lento.
En el campo la muerte puede ser natural: enfermedad, carencia, destino. Pero en los hombres hay otras muertes provocadas. El aborto no es accidente ni epidemia: es una decisión. Una decisión que corta el destino entero de quien apenas comenzaba.
Dios Todopoderoso, más que cualquier ganadero, sabe lo que habría en cada ser humano. Él conoce antes de nacer la misión de cada vida. Y cuando se trunca, no se pierde solo un cuerpo pequeño: se pierde también la faena que no llegará, el destino que no se cumplirá.
Pero no todo se perdió. Gracias al apoyo de los ganaderos, mi querido tocayo Rodrigo de Loma Roja y Núñez del Olmo, varios animales del Milagro se rescataron. Hoy superan los quinientos kilos, con salud y con bravura. Ellos ya están listos para lo que viene: el viaje, la plaza, el destino.
Y ahora, camino a Ciudad Juárez, estos toros cargan con una historia de resistencia. Les llega, por fin, la oportunidad de mostrar lo que llevan dentro.