
Foto Internet / Relleno sanitario en Tlaxcala
Hay algo que debería preocuparnos tanto como las crisis ambientales que hoy enfrentamos: nuestra costumbre de esperar a que los problemas se vuelvan emergencias para comenzar a resolverlos.
En Guadalajara, la llegada de agua contaminada a los hogares ha encendido las alarmas por sus implicaciones para la salud pública. En Tlaxcala, la saturación de los rellenos sanitarios obliga a mirar de frente un problema que no comenzó ayer. En Puebla, los derrames de lixiviados y la todavía lejana aspiración de sanear el río Atoyac nos recuerdan cuánto cuesta recuperar aquello que durante años hemos permitido deteriorar.
Son realidades diferentes, pero tienen algo en común: el daño ambiental termina por tocar nuestra puerta y entonces sí, nos urge encontrar soluciones.
Por supuesto, ante una contingencia, las autoridades deben actuar de inmediato. La salud de las personas no puede esperar. Sin embargo, hay una pregunta que merece tanta atención como las medidas de emergencia: ¿por qué esperamos hasta llegar a este punto?
¿Por qué resulta tan difícil mantener limpios nuestros ríos? ¿Por qué permitimos que los residuos se acumulen hasta formar montañas que amenazan con convertirse en un problema de salud pública? ¿Por qué necesitamos que una crisis nos recuerde la importancia de contar con infraestructura, mantenimiento y planeación?
Y hay otra pregunta, quizá más incómoda: ¿qué parte de la responsabilidad nos corresponde como sociedad?
No se trata de trasladar las obligaciones de los gobiernos a los ciudadanos, ni de eximir a las autoridades de su deber de planear, invertir, supervisar y rendir cuentas. Se trata de comprender que ningún gobierno, por sí solo, puede resolver de manera permanente problemas que también están relacionados con nuestros hábitos, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con el entorno.
La basura que generamos no desaparece cuando pasa el camión recolector. El agua que utilizamos no deja de ser nuestra responsabilidad cuando se va por el drenaje. Y un río no se limpia únicamente porque anunciemos un programa para rescatarlo.
La prevención exige algo más que buenas intenciones: educación, infraestructura, continuidad institucional, vigilancia y participación ciudadana. Exige pensar en las consecuencias de hoy, pero también en las de mañana. Y, sobre todo, entender que aquello que no atendemos a tiempo suele regresar convertido en un problema más costoso y difícil de resolver.
Quizá por eso vale la pena mirar hacia otras partes del mundo donde se han conseguido avances importantes en el tratamiento de aguas residuales, la gestión de residuos y la recuperación de espacios naturales. No para idealizar otros países, sino para preguntarnos qué decisiones, qué políticas públicas y qué hábitos hicieron posibles esos resultados, y cuáles podríamos adaptar a nuestra realidad.
Porque no basta con reaccionar cuando el agua está contaminada, cuando los rellenos sanitarios llegan al límite o cuando un río agoniza. Necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que esas situaciones ocurran.
Una sociedad madura no es aquella que demuestra su capacidad para enfrentar las emergencias, sino aquella que desarrolla la inteligencia colectiva para evitar muchas de ellas.
Tal vez el verdadero problema no comienza cuando el agua llega contaminada, cuando la basura se acumula o cuando un río deja de tener vida. Tal vez comienza mucho antes, cuando dejamos de considerar la prevención como una responsabilidad compartida.
Y entonces la pregunta ya no es solamente qué harán las autoridades cuando llegue la próxima emergencia.
La pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a cambiar nosotros para que no tengamos que esperar a que llegue?