
Hoy puede ser San Francisco. Mañana, Analco. Después, La Luz. Lo importante no es quién coloque la siguiente pieza, sino que exista una visión capaz de hacerlas encajar
Hay preguntas que nacen de una noticia y terminan llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. La anunciada inversión de Grupo Carso, encabezado por Carlos Slim, para intervenir la zona de Paseo de San Francisco, en Puebla, es una de ellas.
El pasado 1 de octubre, el empresario y el alcalde Pepe Chedraui presentaron un proyecto que contempla una inversión aproximada de cuatro mil millones de pesos, con viviendas y espacios comerciales para revitalizar esa zona del Centro Histórico. La propuesta deberá cumplir los procedimientos y obtener las autorizaciones patrimoniales correspondientes. Es un anuncio de inversión, no una obra concluida.
Y conviene empezar por algo: no hay razón para descalificar el proyecto por su origen, ni para aplaudirlo sin examinar sus alcances. Puebla necesita inversión, sus barrios merecen atención y sus edificios históricos requieren conservación y nuevos usos que les devuelvan vida.
Pero precisamente porque la oportunidad es importante, vale la pena formular una pregunta que va más allá de la coyuntura política: ¿dónde está el proyecto integral para rescatar el Centro Histórico y sus barrios?
Imaginemos que mañana llega otra administración municipal y decide impulsar una inversión millonaria en Analco. Después, un nuevo gobierno propone intervenir La Luz y otro más dirige sus esfuerzos hacia El Alto. Supongamos que cada proyecto consigue recursos, atrae empresarios y promete transformar su entorno.
¿Estaríamos construyendo una ciudad o acumulando proyectos?
El problema no es que los inversionistas tengan ideas propias, ni que los gobiernos busquen oportunidades para sus municipios. El problema aparecería si cada intervención obedeciera exclusivamente a la visión de quien la promueve, sin una estrategia común que permita integrar sus efectos en el conjunto urbano.
Una ciudad histórica no es un terreno vacío donde cada generación puede empezar de nuevo. Sus calles, casonas, barrios, comercios y espacios públicos forman parte de una historia compartida. Intervenir uno de esos elementos repercute, de una u otra manera, en los demás.
Por eso, la planeación no puede reducirse a conseguir una inversión, autorizar un proyecto y esperar que el siguiente gobierno resuelva lo que falta.
Puebla cuenta con un Plan de Manejo del Centro Histórico. La pregunta, entonces, no consiste en fingir que no existen instrumentos de planeación, sino en conocer su aplicación: qué objetivos se han cumplido, cuáles permanecen pendientes, qué recursos se destinan a ellos y cómo se articulan las nuevas inversiones con una estrategia de largo plazo.
También corresponde preguntar cómo se coordinan las responsabilidades municipales, estatales y federales, incluida la intervención del Instituto Nacional de Antropología e Historia, para que la conservación patrimonial y el desarrollo urbano no avancen por caminos separados. La protección de un inmueble es fundamental, pero el destino de un barrio exige mirar mucho más allá de sus fachadas.
Y aquí aparece la otra cara de esta historia.
Seamos honestos: sin el anuncio de Carlos Slim, ¿cuándo habríamos vuelto a mirar con tanta atención esa zona de Puebla? ¿Cuánto tiempo más habrían esperado algunos espacios para recibir inversión, recuperar actividad económica y volver a ser considerados parte de una ciudad viva?
No podemos saber cuánto habría tardado otro inversionista en llegar. Tampoco sería justo negar la oportunidad que representa una propuesta de esta magnitud.
La inversión privada puede ser un detonador. Puede generar empleo, recuperar inmuebles y atraer nuevas actividades. Pero no debe convertirse en el sustituto de una política pública permanente.
Y es aquí donde la discusión política adquiere otra dimensión.
Es natural que un alcalde quiera mostrar resultados y que una inversión de esta magnitud le dé visibilidad. También es legítimo que la ciudadanía pregunte si los anuncios se traducirán en beneficios duraderos. Lo que no debemos hacer es reducir toda la discusión a una disputa entre quienes respaldan a Pepe Chedraui y quienes cuestionan su gestión, ni suponer que el interés político invalida automáticamente una oportunidad de desarrollo.
Las redes sociales parecen exigirnos una respuesta inmediata: a favor o en contra, aplauso o condena. Sin embargo, la vida pública es mucho más compleja. Podemos reconocer el valor potencial de una inversión y, al mismo tiempo, exigir que forme parte de un proyecto integral.
Porque, si cada tres años llega un nuevo Ayuntamiento con una idea distinta para la ciudad, terminaremos confundiendo el cambio de administración con el comienzo de una nueva historia. Y Puebla no necesita que cada gobierno reinvente su destino: necesita que cada gobierno contribuya a construirlo.
El filósofo español José Ortega y Gasset reflexionó sobre la relación entre las circunstancias y la responsabilidad de actuar dentro de ellas. Aplicada a nuestra vida pública, esa idea nos recuerda que no elegimos empezar de cero: recibimos una ciudad con una historia, problemas acumulados y oportunidades que estamos obligados a atender.
El rescate del Centro Histórico no puede depender de la afinidad entre un alcalde y un empresario, de la disposición de un inversionista en turno ni de la urgencia de presentar resultados antes de una elección. Debe responder a una visión que trascienda nombres, partidos y periodos de gobierno.
Una visión con objetivos definidos, prioridades transparentes, recursos identificados y mecanismos para evaluar avances. Una visión en la que San Francisco, Analco, La Luz y los demás barrios puedan encontrar su lugar dentro de una misma estrategia, respetando las particularidades de cada uno.
No se trata de ejecutar todo al mismo tiempo, ni de impedir que una nueva administración proponga mejoras. Se trata de que cada nueva intervención encuentre un rumbo, en lugar de tener que inventarlo.
Porque una inversión puede transformar un predio. Un buen proyecto urbano puede recuperar un barrio. Pero solamente una política de largo plazo puede lograr que esas transformaciones construyan una ciudad coherente.
No es ahora o nunca. Es ahora y después.
Hoy puede ser San Francisco. Mañana, Analco. Después, La Luz. Lo importante no es quién coloque la siguiente pieza, sino que exista una visión capaz de hacerlas encajar.
Los empresarios pueden cambiar. Los alcaldes terminan sus mandatos. Las administraciones pasan y los anuncios dejan de ocupar los titulares.
Puebla, en cambio, permanece.
Y una ciudad que lleva casi cinco siglos construyendo su identidad merece algo más que comenzar de nuevo cada tres años.
Merece un proyecto de ciudad que sobreviva a quienes la gobiernan.